Hellfest 2014: Día 3

hellfestCon los pies parcialmente recuperados y el buen sabor de boca que nos había dejado la segunda jornada, comenzaba nuestro último día en Clisson. Arrancaba tan pronto como los Year of the Goat tomaban tierra, al minuto después de que comenzasen a brindarnos sus deliciosas cantinelas setenteras. Sonarían especialmente bien y podríamos disfrutarlos sin los gentíos que vendrían más tarde, enamorados por sus livianas melodías que recuerdan poderosamente a los mejores Blue Oyster Cult.

La brecha abierta con los de la cabra psicodélica, tocaría techo a cuenta de la magia retro que estaban a punto de enchufar Blues Pills sobre el Hellfest. El combo de momento en lo que se refiere a rescatar sonidos de los sesenta, se presentaría en Clisson imparable y excelso, aunque demasiado parca en el minutaje. Solo tendrían tiempo para esgrimir cuatro cortes, el primero “High Class Woman”, sonando sin la fuerza que más tarde demostrarían. Ya en el segundo “Devil Man”, Elin se haría fuerte y mantendría el nivel de intensidad que de ella esperabamos. Concluirían con “Little Sun”, provocando pelillos de punta por doquier y mostrándonos el punto exacto en el que el futuro y el pasado se dan la mano con cariño.

Proseguiríamos la sesión vintage con Scorpion Child volviéndonos a instar a la permanencia frente a uno de los escenarios principales, comprobando lamentablemente como, en ocasiones, las comparaciones pueden ser odiosas. En ningún momento brillarían de la forma en la que lo habían hecho sus dos antecesores, ni siquiera cuando escogieron terminar con su archiconocido “Polygon of Eyes”. Aburridos y luciendo actitudes de cumplir con el currelo del día, nos resultaron los alemanes.

Pasaríamos de puntillas sobre el bolo que se estaban marcando Lofofora, recordando por qué esta veterana formación nunca había logrado despegar de su país de origen. Pasando a cosas más serias, nos acercaríamos hasta otro de los escenarios centrales, para ver la presentación en sociedad de uno de los mejores trabajos del año pasado, el Sister de In Solitude. Sabedores del enorme impacto que provocó el citado álbum, no es de extrañar que únicamente interpretasen cortes del mismo, comenzando por el homónimo y concluyendo de manera relajada con “He Comes”. Buena actuación, a la que tal vez le faltaron sombras en el cielo para brillar debidamente.

Black TuskEn ese momento justo, concluido el bolo de In Solitude, escogeríamos tomarnos un respiro para comer, descansar y cumplir con los últimos recados que nos quedaban pendientes. Regresaríamos al ruedo al de un par de horas, asistiendo de chiripa a la cita que tenían montada los Black Tusk en el Valley. Andaban los de Savannah levantando polvo pantanoso sobre la carpa, entregados como de costumbre, mientras se ganaban las habichuelas a punta de Sludge poderoso.

En triple mortal con tirabuzón saltaríamos una vez más, aterrizando sobre el bolo de Angra en esta ocasión, un conci en el que los recuerdos de otros tiempos nos irían acompañando desde la distancia. Era la primera ocasión en la que contemplábamos a los brasileños con Fabio Lione haciéndose cargo de las voces, el tercer cantante al que presenciábamos con la legendaria formación. Puede que fuese por este motivo por el que en ningún momento nos acabaron por convencer. Disfrutaríamos sin embargo de lo correcto que todo sonaría, pero con el corazón distanciado ante el frio papel de mercenario que tenía que cubrir el vocalista de Rhapsody. La elección de cortes fue memorable en cualquier caso, reuniendo en menos de una hora casi todos los temas imprescindibles de la formación.

Sin irnos muy lejos escogeríamos a Alter Bridge para continuar pasando la tarde, una opción bastante lógica teniendo en cuenta el buen momento que atesoran últimamente. Abrirían con “Addicted to Pain” de su último trabajo y mantendrían durante sus minutos un esplendido tono de grupo asentado. Myles Kennedy se mostraría discreto respecto al papel estelar que se le presupone, escondido bajo su gorro de lana y sin esquivar la interpretación de ninguno de sus singles más conocidos. “Ties That Bind”, “Rise Today” o “Isolation” sonarían bien cuadrados, con el maravilloso “Blackbird” poniendo la guinda a medio camino, justo cuando más calor caía sobre Clisson.

El siguiente plato del menú vendría servido por unos viejos conocidos de mil y un batallas, los Annihilator de Jeff Waters, nada más y nada menos. Se mostrarían cómodos y desahogados, divertidos en su devenir y francamente eficaces gracias a su conocida batería de clásicos. “King of the Kill”, “The Box” o “Alison Hell” volverían a determinar un repertorio a prueba de balas, dejando al “Human Insecticide” para que invocase al Thrash noventero en el que fue fraguado.

Luciendo similar estilo, pero recordando una década anterior en el tiempo, saltarían los Dark Angel sobre Clisson. Los legendarios Thrashers de la Bay Area comenzarían sonando a lata, desfasados y trasmitiendo una falta de rodaje evidente. La parroquia esperaba bastante de los creadores del Darkness Descends y en los momentos finales acabarían recibiéndolo, cuando el tono general de la actuación fue in crescendo y el sonido se tornó compacto. Les queda mucho en cualquier caso, como para batirse con las primeras figuras que gobiernan el estilo a día de hoy.

Mucho más en forma se nos presentarían las siguientes espadas de la noche, los imbatibles Behemoth de Nergal. Acabarían cuajando una de las actuaciones más celebradas a lo largo y ancho del Hellfest, la más poderosa en lo concerniente al Metal Extremo, nos atreveríamos a sentenciar. Se han convertido en un conjunto en la cresta de la ola, habiendo llegado a comandar todo un estilo sin haber renunciado a nada por el camino, integrando sus ya familiares medio tiempos en el subconsciente metálico colectivo.

De esta manera se recibieron con alboroto enormidades como “Ov Fire And Void” o “Ora Pro Nobis Lucifer”, junto a latigazos mucho más desatados como “Slaves Shall Serve” o “Christians to the Lions”, mostrando sin rubor como ambas caras del conjunto consiguen resultar abrumadoramente convincentes. Añadirían una puesta en escena medida y altamente dinámica a la ecuación, con fuegos fatuos y sangre escupida ante el delirio de los que allí nos encontrábamos. La precisión con que el renacido Nergal dirigió a su pequeña orquesta satanista, fue la propia de quien cuenta con la confianza absoluta en su bando.

Les tocaría el turno a Soundgarden a continuación, tomando un evidente papel protagonista pero sin el arrojo que acabábamos de presenciaros hacía unos minutos. Tan solo una actuación de corte funcionarial, nos ofertarían los de Chris Cornell. Interpretarían alguno de sus archifamosos éxitos que brillaron con fuerza cuando el Grunge estaba en boga, pero sin la pasión que vertían cuando aquello. “Spoonman” sin cucharas ni cucharillero, “Rusty Cage” o “The Day I Tried to Live” fueron tan solo algunos de los que se esgrimieron, amén del indispensable agujero negro solar que todo el mundo tenía en mente.

Ninguna comparación posible podríamos hacer con el que sería nuestro siguiente destino. Los reunidos Emperor interpretando el In the Nightside Eclipse de punta a punta, con maestría sin límite y un sonido que rozaba la perfección. Ihsahn, Samoth y Faust demostrarían que hoy en día serían capaces de patear el culo de la mayoría de bandas de Black, si se lo propusiesen, únicamente rescatando cortes que tienen ya más de veinte años. Su particular y épica manera de concebir el apocalipsis musical, sigue resultando espeluznante en pleno 2014.

El akelarre sin embargo tendría que posponerse para otra ocasión, ya que teníamos la ilusión de volver a saborear una pizca de las delicias islandesas que andaban repartiendo de mientras los Solstafir. Les alcanzaríamos tras cruzar entre las miles de personas que rendían pleitesía a los noruegos, en pleno clímax orgiástico llamado “Pale Rider”, justo a tiempo para ver cómo se iniciaba la monumental “Fjara” y como se iba haciendo grande la despedida durante “Goddess of the Ages”. Hoy en día hay pocas bandas que hagan sombra a los cowboys islandeses y sin duda tendremos mejores plazas en las que degustarlos como se merecen.

black sabbathMientras sentíamos como al Hellfest le quedaban un par de suspiros, tratábamos de coger sitio para presenciar dignamente la actuación de Black Sabbath. Nos colocaríamos en casa Cristo, en medio de una marea de gente que solo iba a levantarse cuando los de Birmingham tocasen el “Iron Man”, el “Paranoid” y algún otro corte del estilo. Allí había mucho indocumentado con la ilusión de ver al mítico conjunto antes de que dijesen adiós para siempre.

Interpretarían un impepinable repertorio en el que no faltaron cortes de su último 13, los mayores hits del conjunto y alguna joya un poco menos evidente, como fue el caso de “Behind The Wall of Sleep”. Ozzy continua resultando un entrañable señor mayor que se mueve de manera escorada por el escenario, se dirige a la audiencia con las mismas frases de toda la vida y consigue cantar lo que dejo grabado hace cuarenta años, con encomiable presteza. El resto de la formación estuvo tan sólida como de costumbre, aunque la aportación de Tommy Clufetos a la batería me resulto demasiado abrumadora, para lo que se tenía que plasmar. El de Detroit dio una lección de potencia y buen gusto que por momentos llego a eclipsar al plantel estelar, cosa que resultaba un poco cómica siendo quienes eran.

Dejarían uno de los momentos imborrables del festi, cuando sacaron a paseo a los “Children of the Grave” y concluirían entre incontables aplausos mentando a la Paranoia absoluta. Unos cuantos pensamos que los vimos en mejores condiciones hace catorce años cuando se reunieron por primera vez, con Bill Ward en lugar de un virtuoso mercenario, aunque creo que la mayoría de la gente sintió haber vivido su momento inolvidable del festival.

A renglón seguido acabaríamos con mucha menos pompa de la que nos hubiésemos merecido, tratando de ver la actuación de Opeth desde fuera de la carpa en la que oficiaban, exactamente a un palmo del punto en el que todos los borrachos de la zona iban orinando en procesión. Esto fue debido a que dentro del Temple la asistencia se convirtió en un martirio que no estábamos dispuestos a soportar, por una banda a la que habíamos presenciado tantísimas veces antes. De esta manera escuchamos y vimos de refilón como caían himnos del progresivo contemporáneo, como “Deliverance” o “Demon of the Fall”, sin toda la ilusión que a buen seguro nos hubiesen despertado en otras circunstancias. De esta manera terminaría nuestra maratón de tres días y un millón de notas al aire, escuchando el estupendo “Blackwater Park”, mientras decenas de pestuzos miccionaban a nuestro alrededor.

Texto: Unai Endemaño
Fotos: Jaime García (https://www.facebook.com/PhotoLiveJaime)

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