Crítica de El hijo del otro

El hijo del otro

El hijo del otro es la segunda película de la directora francesa Lorraine Lévy tras Mes amis mes amours (2008), ópera prima basada en la novela de su hermano Marc Lévy. Sin embargo, en El hijo del otro, la historia se construyó en base a la idea de Noam Fitoussi, quien más tarde ayudaría a desarrollar el argumento con la propia directora.

Porque la idea principal de El hijo del otro, aunque remota e improbable, es el gran aliciente para atraer a cualquier espectador potencial a la sala de cine donde se proyecte esta película. Pero es que, sobre el papel nos encontramos por un lado ante un drama sobre qué suerte hay que tener al nacer, llevado al extremo, y por otro bien podría tratarse de una película de Antena 3 de sobremesa en domingo. Este es un dilema que muchos se plantearán leyendo la sinópsis y que desde este artículo ayudamos a dilucidar.

En teoría, lo que suele darse en una película de Antena 3 es que se retrata una especie de “basado en hechos reales” o pseudo-realidad de forma amarillista, simple hasta el paroxismo y con un desarrollo tan obvio como malo, tópico, innecesario, intrascendente, y sobre todo fácil de seguir sin necesidad de prestarle atención. En cambio, en El hijo del otro se retrata un “qué pasaría sí” de forma realista y sencilla. Aunque el desarrollo sí que es bastante tópico o esperable, es más necesario y trascendente al tratar muchos más temas, aunque algunos sean de soslayo, y porque la historia nos llama la atención y nos atrae el conflicto humano/social. Es en este sentido donde se enmarca El hijo del otro, siguiendo una estela bastante regular en el cine que habla del conflicto palestino desde una óptica más o menos optimista, como ya hizo Ha- buah (The Bubble) (más o menos).

A ver, resulta muy extraño que la gran virtud de la película es la que engendra también sus mayores defectos. En su afán por querer dar un claro mensaje, hace que todo se desarrolle de una forma intencionadamente natural (gran mérito de los actores que lo parezca). Si me pregunto ¿qué habría ocurrido si hubiesen sido hijas en vez de hijos los protagonistas? O si me pongo en la situación de algunos personajes en determinadas secuencias, como en la del padre musulmán cuando su hijo sanguíneo se pone a cantar durante la cena, si piensas como él lo hacía hasta este momento del film, yo le echo por faltarme al respeto (siguiendo la lógica del personaje). Además, el hermano mayor de Yacine cae peor cuando es majo que cuando es borde, pero en cualquier caso es siempre un pesado.

Pero bueno, en el fondo priman sus buenas intenciones y que está bien hecha, dirigida correctamente, interpretada con seriedad por actores involucrados en el proyecto y porque a pesar de su muy improbable punto de partida se desarrolla en general con acierto.

Me llama la atención que en zonas donde hay mucho odio digan que la solución la pueden tener los jóvenes porque no han vivido los conflictos y si odian es más algo inculcado, por lo que el futuro es visto con buenos ojos, mientras que en países donde no existe una situación de este tipo, cuando se habla de los jóvenes es siempre para mal, el futuro será peor en el país. Sólo hay que ver el nuestro. He escuchado a varias personas decir aquello de “el problema de la inmigración no es la primera generación, que viene aquí a trabajar, sino los hijos de ésta”. Yo me voy al mar…

acera de Alberto Mulas

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