Repaso a Sitges y top personal

Sitges 2013

No hay manera menos dolorosa de decir lo inevitable, así que más vale que sea rápido. Se acabó Sitges.

Pero aunque la sensación de terror que se apodera de mi cuerpo al escribir esas tres palabras es infinito, al menos todavía nos queda por subir algunas reseñas de unas cuentas películas y sobre todo, hacer repaso general a lo que ha dado de si el festival. 

Voy a ser claro. Sitges está en crisis. En todos los sentidos. ¿Pero cómo es eso posible si este año han vuelto a subir las cifras de asistencia de público y se sitúa en el segundo lugar de los festivales más visitados de España (amenazando de hecho a San Sebastian)? ¿Tan terrible ha sido el certamen? 

No exactamente, pero sin duda se han acentuado cierta inflexión que se lleva arrastrando desde hace tiempo. Y he de hablar aquí de un primer concepto, la identidad. Parece una tontería, pero puedo decir que Sitges es de los pocos festivales nacionales con unas claras señas de identidad reconocibles por todos, en unos tiempos donde nacen y mueren ofertas culturales sin ningún ADN. Ahí tenemos al festival de Cine Europeo de Sevilla, que parece (por fin) haber encontrado su rumbo y su marca de la mano de su director José Luis Cienfuegos después de 10 ediciones. O al Festival Internacional de Cine de Gijón (FICX), de capa caída y con un futuro poco prometedor gracias a unas decisiones políticas cuanto menos discutibles, perdiendo el título del Sundance español con el que fue bautizado hace unos años. La identidad es algo muy serio y posiblemente lo más difícil de alcanzar para una muestra cinematográfica, más aún ahora que decenas de festivales desaparecen tras años donde crecieron como setas sin ninguna estrategia y sin esa mencionada identidad.

¿Y Sitges? El Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya  (¿es cosa mía  o le cambian el nombre cada pocos años?) crece cada año y cada año sobrevuela por el horizonte la misma sensación de felicidad y temor. Temor por que cada vez queda más claro que se queda pequeño, que tres salas de cine no dan abasto, sobre todo por temas de horarios, que cada vez más entran cintas que no hubieran encajado hace años en las ya por si extensas sesiones, que si uno quiere vivir realmente el espíritu del festival debe meterse en una maratón un Viernes noche. Y llegamos a sus contradicciones. Un festival con alma pequeño cada vez más enorme. Y entra en crisis, claro. Pero ojo, esto no es necesariamente malo, no obstante servidor considera que en algún momento se habrá de tomar cartas sobre el asunto, que la equidistancia perfecta que parecen haber encontrado algún día explotará y tendrá que decidirse por varias ofertas. Sitges está en crisis porque ha alcanzado un techo y tiene por delante la elección de varios caminos por tomar si desea seguir avanzando.

Only lovers left alive

Pero vaya, esta crisis de Sitges es de hecho un piropo. Como decía antes, la mayoría de los festivales, no ya de España, si no de Europa, se matarían por encontrarse en la misma situación. Pero desgraciadamente, muchos son los que fueron ideados a base de talonario en la década pasada o viven intentando reencontrarse con ellos mismos. 

Pero esto es una impresión personal, no necesariamente compartida por nadie más y mucho menos algo malo. Veo a Sitges como un Festival que intenta aunar varias almas, y cada año me da la sensación que está a punto explotar en alguna dirección. Ya parece haber cobrado vida propia,  un año dicen que la temática es sobre la inteligencia artificial pero uno acaba por empacharse a gusto de cine apocalíptico.  El propio festival parece estar ya fuera del alcance o mirada que se le intenta otorgar por los insignificantes humanos.

Tal vez esto ligue con la serie de problemas menores que nos hemos topado, con cortes en las proyecciones y las consiguientes cancelaciones de los pases inmediatamente posterior, un muy poco acertado sistema de distribución de pases de prensa o incluso mucho material alejado de la palabra aceptable. Nada de esto nos ha impedido disfrutar el festival, donde se ha disfrutado de buen cine, aunque quizás me ha fallado encontrarme con alguna joya escondida en la oscuridad del Retiro o El Prado. 

Pero vamos ahora con la programación. Lo cierto es que como decía no nos hemos topado con obras desconocidas que no hayan pasado por festivales o se les espere de manera entusiasmada en la cartelera próximamente, pero sin embargo hay dos películas que tienen muy difícil la llegada a nuestras salas de cine que han estado por encima de la media del festival, como es el caso de Willow Creek, que deconstruye el género de “Metraje encontrado” y Casting Blossoms to the Sky, una pequeña maravilla nipona que no sabe cerrar adecuadamente su historia sobre la memoria de las desgracias japonesas más recientes. Johnnie To presento una sólido thriller en Drug War, con un final polémico y luego también nos sedució con su mezcla de comedia romántica y thriller oscuro en Blind Detective. Hablando de seducir, otra sorpresa, aunque está ya anunciada por su paso en diferentes festivales resultó ser la israelita Big Bad Wolves, donde partiendo del cuenta de Caperucita roja y el lobo se crea una metáfora sobre la inmoralidad y lo contraproducente que resulta la tortura como medio en un país donde es aplicable para los acusados de terrorismos (palestinos, vaya). Y con esta ya he perdido la cuenta de cintas valientes y críticas con el conflicto entre palestinos e israelitas desde el lado del estado hebreo. 

Bill Plympton, ese mago de la animación más artesanal y autoral, volvió a recibir el entusiasmo y el cariño del público con Cheatin, donde construye un relato irónico y negro sobre los celos, el desamor y el deseo. A la salida de la proyección podías encontrarte al autor con un tenderete firmando y vendiendo varios productos. Una lástima, sobre todo porque se trata de un cineasta maltratado por los medios de distribución y exhibición. Vaya, que iros olvidando de ir al cine a ver sus pelis. De hecho me encontré con un colega que venía de Córdoba para verlo. Así es Sitges.

Bill plympton - cheatin

Aunque iba con ganas de verlas y bastante “expectación” (hype que se dice ahora), resultaron algo decepcionantes los encuentros con Only God Forgives y Why Don’t You Play in Hell? teniendo en cuenta la filmografía que manejan sus directores. Ojo, son unas buenas cintas, pero esperaba más. Que luego estén en mi top habla más de un certamen lleno de correctas cintas que no terminan de resaltar por encima de la media o directamente de obras con muy baja calidad. 

En las primeras encontramos la cinta de animación brasileña Rio 2096: A Story of Love and Fury, la india Monsoon Shootout (la versión india de Corre, Lola, corre,Tom Tykwer, 1998), la surcoreana Nobody’s Daughter Haewon de Hong Sang-soo, que gustó bastante al personal aunque servidor esperaba más, o la francesa Wrong Cops, del siempre marciano Quentin Dupieux.

Y luego está Jim Jarmusch y su magistral Only lovers left alive, cinta donde unos vampiros sobreviven a un decante mundo humano que será analizada en otra entrada.

Aquí va el top 10 de las mejores obras vistas, la mitad proveniente de Oriente, lo que dice tanto del festival o de la calidad del cine que allí se hace como de mis gustos particulares.

1- Only lovers left alive (Jim Jarmusch)

2- Young thugs: Innocent blood (Takashi Miike)

3- Cheatin (Bill Plympton)

4- Drug War (Johnnie To)

5- Willow Creek (Bobcat Goldthwait)

6- Why Don’t You Play in Hell? (Sion Sono)

7- Big Bad Wolves (Aharon Keshales, Navot Papushado)

8- Casting Blossoms to the Sky (Nobuhiko Ohbayashi)

9- Only God Forgives (Nicolas Winding Refn)

10- Blind Detective (Johnnie To)

Por último, recuerdo que estas reflexiones, si a vomitar las ideas de mi cabeza se le puede llamar así, están hechas de manera constructiva. El festival de Sitges sigue siendo uno de los acontecimientos más importantes del calendario, convirtiéndose durante unos pocos días al año en mi patria más amada.

acera de sarajesko

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